Estela Alais: “La conciencia de clase, antirracista y feminista tiene que estar muy presente”

Estela Alais: “La conciencia de clase, antirracista y feminista tiene que estar muy presente”

Per Alícia Oliver

Nacida en Barcelona, de madre ecuatoguineana y padre camerunés, se graduó en Ciencias Políticas e hizo un postgrado en Economía Social y Solidaria y un máster en Gestión Administrativa. Con 25 años, afirma que es de “Hospi de toda la vida” y que quiere seguir viviendo en su ciudad, L’Hospitalet de Llobregat, de la que siente un profundo orgullo, a la par que una gran preocupación por la gentrificación que están viviendo. Junto a un grupo de amigas creó el colectivo juvenil antirracista y feminista AMRA – Asociación de Mujeres Racializadas y Afrodescendientes.

¿Cómo te iniciaste en el activismo?
Cuando era adolescente y a raíz de un hecho trágico que pasó en 2017, un grupo de compañeras que teníamos una cierta conciencia antirracista, decidimos que teníamos que hacer algo, aunque no sabíamos muy bien cómo. Empezamos a reunirnos como colectivo antirracista y creamos una página de Instagram. Ese fue el inicio.

¿Todas mujeres?
Sí, y de Hospi. Una compañera del grupo, que era monitora de gimnasia de una escuela, habló con el centro y nos dejaron una sala para poder reunirnos. Después, ya nos iniciamos en la vida adulta, la universidad, el trabajo, poco tiempo para reunirnos… y lo dejamos en stand by.

Orgullosa de tu ciudad
Sí, he tenido la suerte de criarme en La Florida y también en Santa Eulalia, dos barrios de Hospitalet, por eso tengo el corazón dividido. En mi colegio y en el instituto solo había un par de blancos. Nosotros éramos la mayoría. En realidad, hemos vivido en un microclima, hemos tenido un espacio seguro con la comunidad. Y de cara al futuro, me ha servido, me he sentido muy orgullosa de ser negra y de tener siempre un grupo de amigas que también lo son. Hay muchas cosas que tú vives, sientes y experimentas que, por más que tengas una amiga con conciencia antirracista, no te va a entender. Si no lo vives, no lo vas a poder comprender.

Y cuando dejas este microclima y llegas a la universidad, ¿cómo lo viviste?
Tuve alguna que otra experiencia racista. Pero tenía herramientas para sacar mi chulería de barrio a la que le estoy muy agradecida. Desarrollas un desparpajo, un echar para adelante, que te hace ser capaz de aguantar el nivel de violencia sistémico institucional, y también social, que es muy heavy. De otra manera, no podrías soportarlo.

Acabé la carrera en el 2022, y no sabía dónde hacer las prácticas, hasta que el padre de una amiga que estaba en la Asociación de Vecinos de La Florida, me habló de la cooperativa LaFundició y del proyecto La Florida S’Aveïna, que pretendía crear y fomentar redes de apoyo mutuo, soporte comunitario y bienes comunes, y que estaba impulsado desde la cooperativa Ketras Buti. Me interesó mucho y después de pasar una entrevista me aceptaron para hacer las prácticas y en la universidad les pareció bien.

Ha sido muy importante para mi porque me dio la oportunidad de trabajar y estar en espacios que, de no ser por esas prácticas, nunca habría conocido. Probablemente, habría seguido otra línea laboral. Y aunque ya tenía una conciencia racista, muy basada en algo experiencial, me dio la oportunidad de sentarme con otra gente, de escuchar otros discursos, de aprender otras formas de ver y entender la vida, y al final me contrataron como técnica de la comunalidad.

¿Qué te atrajo del proyecto?
Lo más fácil cuando se impulsan este tipo de proyectos es convertir a la gente de los territorios en objetos de diagnosis constantes. Y en el ámbito de la economía social solidaria también se da porque, en realidad, es más fácil traer a una técnica que conoce muy bien los aspectos técnicos del proyecto, sabe lo que hay que hacer, lo implementa, lo cobra, lo certifica y pim pam, ya está hecho.

El impacto es muy asistencialista, muy paternalista y todos los “istas” que le quieras añadir. En cambio, la apuesta de esta entidad y de otras que trabajamos en este ecosistema es muy diferente. Hay que formar a la infancia de nuestro barrio, de nuestra ciudad, para que sean agentes activos y no objetos de diagnóstico constantes, y que adquieran conciencia de clase, antirracista, feminista, decolonial y trabajen para sus barrios. El éxito no pasa por abandonar el barrio.

Por lo que sé, La Florida es el barrio con mayor densidad en Europa, ¿no?
Siempre digo que vivir en La Florida, no es para débiles. El nivel de violencia sistémica institucional, las condiciones de vida y la presión económica que tienes que sostener tú y tu familia, las vulneraciones de tus derechos educativos… ¡son tan grandes!

También hay que entender que, si hay una familia de siete miembros viviendo en un piso de 30 m², obviamente, la calle se convierte en una extensión de la casa. Por otro lado, te encuentras que otra persona tiene que irse a trabajar a las 5 de la mañana. Pero ¿qué haces si tienes cinco hijos, son las 12 de la noche, en verano, y los niños están más vivos que el sol? no los puedes meter en un piso de 30 m². Y te toca convivir con las diferentes realidades. Parece que la preocupación colectiva cada vez está más apartada y el individualismo capitalista, cada vez lo tenemos más interiorizado, somos más egocéntricos y más egoístas. Y son muchas las cosas que contribuyen a crear un malestar social, convivencial, económico, estructural, pero al final todo es resultado de la precariedad estructural.
Insisto en la idea de que la calle tiene que ser una extensión de nuestras casas, porque es ahí donde se hace comunidad. Ahí es donde nos conocemos, donde tenemos que respetarnos y tener una preocupación colectiva, porque la vecina del quinto se va a trabajar a las 5 de la mañana y no tengo que ponerle la música a tope a las 2 de la madrugada. Y para eso, tenemos que conocernos.

Por eso decía que no es para débiles. Hay que entender lo que está pasando y por qué está pasando y el papel que tú puedes tener en todo esto. Y no le puedes pedir a la gente que vive una situación de mierda, que encima la sepa analizar y que actúe en consecuencia. Es pedirles demasiado.

En los sesenta el barrio era conocido por la inmigración del sur.
Sí, y ahora sigue siendo del sur, pero del Sur Global. L’Hospitalet es una ciudad migrante y lo ha sido siempre porque ha nacido al lado de Barcelona. Al barrio de La Torrassa en los años treinta del siglo pasado, se le llamaba la Murcia Chica, después llegaron andaluces y extremeños. Y es algo que tenemos que interiorizar y estar orgullosos. Y nuestros políticos también tienen que estar orgullosos de esto, porque L’Hospitalet no se puede convertir, ahora, en la ciudad para los expulsados de Barcelona. Nos están gentrificando. Y esto no es algo que pase solo en mi ciudad. Está pasando en muchos sitios.

Y volviendo a la migración del sur de España, la violencia que recibieron ellos la están reproduciendo de la misma manera. Y si esta locura no para, nosotros también la reproduciremos. De hecho, ya lo estamos haciendo con nuestra propia gente que está llegando ahora. Y hay magrebíes que vinieron hace 30 años, que se quejan de los magrebíes que están llegando.

Todos tenemos la necesidad de pertenecer al sitio que habitas y donde construyes tu día a día, pero ser constantemente el objeto de señalización y demonización, no es fácil.

¿Por eso nació AMRA? Cuéntame un poco…
AMRA es un colectivo juvenil antirracista y afrofeminista que pretende ser un lugar seguro para la autoorganización. Un espacio comprometido con la sensibilización y el fomento del pensamiento crítico.

Gracias a mi trabajo como técnica del proyecto La Florida S’Aveïna, pudimos contar con un espacio comunitario donde tenemos nuestra sede. Lo sentimos nuestro porque nosotras lo habitamos y hacemos nuestras actividades. Y nos permite, también, tener acceso a ciertos recursos económicos que nos ayudan a impulsar las cosas que queramos hacer.

Y aunque nos llamamos asociación juvenil, en realidad apostamos por tener un espacio intergeneracional. Tenemos que dejar de sectorializarlo todo, ya que todo es transversal e interseccional, pero, eso sí, tiene que estar liderado por nosotras, por mujeres negras o racializadas. Porque hay ciertos colectivos que tienen que acostumbrarse a ser liderados, y me estoy refiriendo a los hombres, en general, y a los blancos, en particular. Y añadiría también a las mujeres blancas. Y con esto, no quiero decir que no puedan participar, pero tienen que acostumbrarse a que somos nosotras las que tomamos las decisiones.

¿Dónde ponéis el foco en vuestras acciones?
Sabemos que tenemos que sostener activismos y espacios de politización, y es difícil porque lo hacemos desde la precariedad. También porque nuestras madres se han matado a limpiar los lavabos de Barcelona para criarnos. Soy una mujer negra, en un país de blancos y encima soy pobre, pero no pobrecita. Por eso creemos que nuestros espacios de pensar no pueden ser siempre espacios de castigo. Y lo siento, pero no puedo estar escuchando siempre historias para no dormir.

Así que decidimos poner el gozo en el centro y hablamos del gozo como una cuestión política. Hablamos también de que el pensamiento crítico tiene que estar en todo lo que hacemos. Porque todo lo que hacemos es político. Entonces, ¿por qué tenemos que ponernos en espacios que nos vuelven a hacer pensar únicamente en todo lo que nos duele y nos amarga? Por eso hay que crear espacios que nos den aliento, en los que podamos respirar y donde podamos hablar de lo que nos duele y nos amarga, pero sin revictimizarnos. Y dónde no digamos que somos las pobrecitas que nos han enseñado a decir.

El compromiso y la política no deberían están reñidos con la alegría y la felicidad, ¿no? “Si no puedo bailar no es mi revolución” que decía la anarquista y feminista, Emma Goldman.
Sí, necesitamos estar, vivir, ser alegres, tener el goce, disfrutar de nuestro tiempo y, sobre todo, entenderlo. Y desde AMRA hacemos lo que podemos, con lo que tenemos.

Nosotras trabajamos con otras entidades de La Florida con las que compartimos espacio, y también visión política y proyectos. Utilizamos mucho la calle, ponemos la fiesta en el centro y luego intentamos hacer espacios en los que podamos pensar un poquito más, pero siempre haciéndolo de la forma más ligera posible.

Y también acompañamos en la politización a personas más jóvenes, a juventudes profesionales y mayores, porque creemos que la conciencia de clase, antirracista y feminista tiene que estar muy presente. E intentamos hacer trabajos de investigación porque somos muy conscientes que para poder solucionar aquello que te duele, tienes que saber qué es lo que te duele.

¿Y qué es lo que más os duele?
La precariedad. Y nadie puede saber mejor lo que pasa en un barrio que las personas que lo habitan. El no poder cubrir nuestras necesidades básicas. Al final, tú puedes hablar con cualquier persona y te lo va a decir a su manera, pero lo que más les preocupa es si va a poder seguir dándole un techo a sus hijos el año que viene o el mes que viene. Si va a poder seguir dándole de comer… Para los jóvenes, la necesidad de independizarse… Lo que más estamos detectando es una frustración muy grande y la percepción de que las cosas no van a cambiar. Muchas personas ya no se ven como agentes de cambio y eso hace que se vayan a discursos fáciles y vean al otro como el problema.

¿Participáis en espacios políticos dónde podáis hacer incidencia?
Nuestra metodología es comunitaria participativa. Y tenemos una participación muy fluctuante, al final somos más o menos cuatro las compañeras que sostenemos el espacio día a día. Y lo hacemos porque entendemos que políticamente tenemos que sostenerlo.

Lo que no se puede hacer es que nuestra ciudad se esté preparando para albergar a gente que no es de esta ciudad. Y no se nos está escuchando. Intentamos participar en todas las mesas sectoriales que podemos y hacemos peticiones explícitas. Participamos en los diferentes proyectos que hay en la ciudad y desde diversas entidades y espacios, hacemos piña en las diferentes reuniones. Nuestra entidad solo tiene 4 años de vida, pero hay otras que llevan muchos más años trabajando por nuestra ciudad.

Tenemos que poder incidir en las políticas públicas. Tenemos que poder ser escuchadas para poderlas planificar y ejecutar. Tenemos muy claro que debemos formar parte del proceso y las políticas públicas tienen que basarse en la alianza pública o comunitaria. Es algo que tiene que pasar, pero que no está pasando, ya que las políticas públicas que se están implementando en la ciudad no son para nosotros. Ni las políticas de vivienda, ni las comunitarias… son de contención y lo que están haciendo es preparar la ciudad para gente de clase media alta, que está siendo expulsada de Barcelona, porque allí ya no caben más. Y a nosotras nos van a expulsar.

Una cuestión que nos diferencia mucho de la migración del sur de España, la del éxodo rural a la ciudad, es la vivienda. Es el punto de inflexión. Esa migración no se ha ido del barrio porque tiene una vivienda en propiedad. Esa migración no puede ser expulsada. En cambio, nosotras, sí. Y no tenemos formas jurídicas para evitarlo, ni políticas públicas que nos acompañen, por eso, también hablamos de racismo inmobiliario. Y frente a esto, nuestra posición política es que no nos moverán, como en el barco de Chanquete. Y todo esto nos pasa justamente ahora, en un contexto tan violento.

¿A qué te refieres?
Tengo 25 años, y supongo que siempre ha habido violencia racial, pero ahora hay un repunte muy fuerte. Los discursos de odio crecen, la extrema derecha sigue aumentando, y la criminalización de ciertos cuerpos no solo funciona a nivel colectivo, sino también individual. Cuando a ti te dicen y te machacan continuamente que vas a ser un ladrón, al final será cierto, porque tú mismo te percibes como ladrón. ¡Cuántas veces te criminalizan por la calle y la policía te para sin haber hecho nada! Al final, es la profecía autocumplida.
La criminalización de nuestros cuerpos influye mucho en nuestra autopercepción. Y cada vez estamos más demonizados y nosotros mismos nos percibimos así.

¿Qué Hospitalet te gustaría ayudar a construir?
Una Hospitalet migrante, que es lo que ha sido siempre, y donde hemos construido nuestros barrios. Es la única que me imagino, no puede haber otra. Y así como mi imaginario de éxito hace 4 o 6 años era salir de aquí, ahora mismo no quiero abandonar el barrio y quiero que mis hijos también crezcan aquí.

¿Y cómo te ves de aquí a 10 años?
Me encantaría poder seguir viviendo en Hospi. Me encantaría poder tener mi piso y que mi madre también tuviera el suyo. Es una mujer que lleva en este país desde los 18 años, que ha trabajado muy duro toda la vida. Por eso, tiene que tener su sitio y una jubilación digna. Y sinceramente, me imagino siendo feliz y disfrutando de una vida digna. Y todas deberíamos tener esa posibilidad.