
Por Alícia Oliver
Nacida en la ciudad de Mazar-el Sharif, al norte de Afganistán, estudió periodismo, y aunque no estaba bien visto el que una chica de buena familia saliera en televisión, su familia accedió a sus deseos. Pertenece a la etnia minoritaria Sadat y su primer activismo comienza participando en las numerosas manifestaciones que se hicieron contra los privilegios que tenían los pastunes a la hora de acceder a los estudios universitarios. “Era injusto que yo, con mejores notas, tuviera menos oportunidades para estudiar que un pastún”, recuerda.
Tras su llegada a Barcelona, continua con su activismo y su lucha contra las injusticias, ahora, denunciando el apartheid de género al que son sometidas las mujeres y niñas en su país. Desde aquí, trabaja voluntariamente en la organización Afghan Women on the Run, entidad que ha podido sacar y acompañar a numerosas mujeres y familias afganas.
Conseguiste acceder a la universidad, estudiar periodismo y trabajar en la radio y televisión de tu provincia ¿Qué te lleva a abandonar este trabajo?
Cuando estaba en la televisión, mi jefa me mandó a una zona de las afueras de la ciudad para hacer unas entrevistas a familias vulnerables. Desconocía totalmente la situación de muchas chicas que no tenían acceso a la educación universitaria. Ahí empecé a interesarme sobre cuestiones de igualdad y derechos, y empecé a trabajar con una ONG noruega, Afghan Woman Skills Development Center, que trabajaba en temas de igualdad.
¿En qué consistía tu trabajo en esta ONG?
Trabajaba temas de paz, igualdad y género. Mi trabajo consistía en ir por los diferentes pueblos, hablando con las mujeres sobre la necesidad de que participaran en las mesas de negociaciones ya que, en aquellos momentos, 2018, Estados Unidos estaba negociando con los talibanes en Qatar.
¿Dando a conocer la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre mujeres, paz y seguridad?
Pues sí, se trataba de que las mujeres también se implicaran y accediesen a las mesas de negociación para pelear por sus intereses y derechos ya que en las guerras salimos siempre más afectadas. Y en el caso de los talibanes podíamos perder nuestros derechos, como después se ha demostró.
¿Cómo te recibían en esos pueblos y aldeas que visitabas?
Pues, tengo que reconocer que, al principio, tuve muchos problemas porque en muchos pueblos que visité ya había bastantes talibanes y eran los que decidían si tu podías venir o no. Recibí muchas amenazas ya que trabajaba en una zona de mayoría pastún y sunita, y yo, además de ser mujer, soy chiita y no iba tapada. Además, entonces tenía 24 años y tener que hablar con hombres de 50 y 60 años, para ellos era una ofensa. Aceptar eso era muy difícil para ellos. Me veían como una amenaza para sus mujeres e hijas, pero, después de unos seis meses de trabajo continuado me aceptaron muy bien y estaban contentos porque podía asesorar a sus hijas sobre qué estudios hacer, a qué universidades podían ir…
¿Hasta cuándo estuviste haciendo este trabajo?
Estuve dos años trabajando con esa ONG y vi muchos cambios positivos. Cuando recién llegamos, las niñas solo estudiaban hasta los 12 años y después ya estaban interesadas en ir a la universidad. Estaban cambiando muchas cosas. Y me gustaba mucho mi trabajo, que era el de motivar a las mujeres y a las niñas a seguir estudiando. Y la relación con los hombres de las aldeas había cambiado totalmente.

Hasta que llegaron los talibanes del exilio, ¿no?
Sí, después de la llegada de los talibanes ya no pude continuar. Al principio pensábamos que después de 20 años, habrían cambiado, pero desgraciadamente no fue así. También pensamos que no llegarían a Kabul, que se quedarían en otras provincias, sin llegar a la capital.
Por eso, con mis dos hermanas nos fuimos a Kabul y participamos en algunas manifestaciones en los primeros días del regreso de los talibanes al poder. La situación era muy complicada porque te detenían y empezaban a circular listas de personas a las que buscaban. Nosotras estábamos en casa de mi hermano mayor que, como ingeniero, había trabajado para el gobierno anterior, y vinieron buscándonos a nosotras, pero afortunadamente la casa era muy grande y pudimos salir por otra puerta, aunque se llevaron a mi hermano, que fue golpeado y estuvo detenido casi una semana, hasta que la familia consiguió sacarlo.
Y es cuándo optáis por el camino del exilio…
Sí, en principio pensamos que Kabul sería nuestro refugio, pero ya vimos que no era así. Además, nuestras fotos habían salido en distintos medios de comunicación internacionales, ya que habíamos concedido entrevistas, tanto mi hermana como otro hermano que tengo que también es periodista, para CNN, Washington Post y también para otros medios de Canadá. Identificarnos era fácil. Y encima se decía que los talibanes buscaban a las mujeres solteras para casarse con ellas. En el interior no podíamos hacer nada. Nuestra única salida era el exilio.
¿Cómo fue vuestra salida?
Durante un mes íbamos cambiando de residencia. Un día recibí un mensaje de una antigua compañera que estaba viviendo en Italia y me dijo que conocía a unas mujeres en España que estaban ayudando a salir a mujeres afganas del país. Pero, en aquellos momentos, no podías fiarte de nadie.
Regresamos a mi ciudad natal Mazar-el Sharif y estuvimos casi 6 meses viviendo en la clandestinidad, hasta que en enero de 2022 salí con mi hermana pequeña que también es periodista. En principio pensamos que nuestra mejor opción como chiitas era salir por la frontera de Irán. Y así lo hicimos. No podíamos salir del país en avión ya que había listas negras y grandes controles para ver quien abandonaba el país. Así que hicimos un vuelo interno, que no estaban vigilados, hasta Herat, ciudad cercana a Irán.
Cuando llegamos a la frontera, los talibanes nos preguntaron por qué salíamos del país y les dijimos que éramos estudiantes de una madrasa y que íbamos a Irán a seguir nuestros estudios. Y dio la casualidad que nos encontramos con un hombre, muy conocido en mi ciudad, que trabajaba en una madrasa y confirmó nuestra historia.
Pasamos una noche muy difícil, metidas en un coche que habíamos alquilado con conductor, en tierra de nadie, esperando que abrieran la frontera iraní a las 7 de la mañana. Y ahí vimos escenas muy duras de cómo tanto los talibanes como la policía iraní pegaban y vejaban a las miles de personas que querían abandonar el país, y no tenían muchos recursos para hacerlo.

Por fin habíais abandonado el país…
Sí, pero Irán no era mucho mejor. Pensamos que al hablar el mismo idioma podríamos trabajar, pero no fue así. Llegamos a Teherán y con la ayuda de la compañera que estaba en Italia y de la organización Afghan Woman on the Run que trabaja en España, enviamos nuestra documentación, pero ocurrió un error, pensaban que estábamos en Paquistán y la tramitaron a la Embajada española en Islamabad.
El trámite, al principio, parece que era relativamente fácil. La embajada te citaba pronto, te hacían una entrevista y ahí decidían. Pero, entonces, ocurrió la guerra de Ucrania y ya nos avisaron de que las prioridades de todas las embajadas europeas, desgraciadamente para nosotras, habían cambiado.
¿Qué ocurrió con tu expediente abierto en Paquistán? ¿Y cómo llegáis a España?
Bueno, de entrada, nuestra visa en Irán era como estudiantes y solo por 3 meses. Mi hermana, por su parte, tenía un contacto en Suiza e hizo todos los trámites con la Embajada de Suiza en Teherán.
En abril, recibí un correo donde me citaban para el mes de junio para una entrevista en la Embajada de España en Paquistán. Era imposible poder llegar ya que la frontera está cerrada, Irán y Paquistán no mantienen relaciones, y solo puedes llegar en avión vía Qatar u otro país.
Paralelamente, había iniciado los trámites en la Embajada de España en Teherán, y recibí otro correo donde me citaban para septiembre. El problema es que no podía esperarme porque en septiembre ya no tendría visa para estar legalmente en el país. Así que después de hablarlo con mis hermanos en Afganistán pudieron costearme el vuelo y llegar a la cita de la Embajada en Islamabad. Tuve que esperar casi un mes en Paquistán hasta que recibí la autorización para venir aquí. Paralelamente, mi hermana fue aceptada por la Embajada Suiza y ahora vive y trabaja en Basilea. Y mi hermano periodista y su mujer que vivían en Kabul pudo utilizar la cita que yo tenía en septiembre en la Embajada española en Teherán y ahora, vivimos juntos con mi madre en Sant Cugat.
¿Y no pudiste traer a tu hermana?
Fue imposible, pero mi hermana está muy bien en Suiza. Pidió una beca universitaria, se la concedieron, hizo un máster y ahora está trabajando en la biblioteca de la universidad, y cada año viene dos o tres de veces a vernos. En la actualidad, solo tengo dos hermanos con sus familias en Afganistán, los otros dos están en Irán, y 3 que estamos en Europa. ¡Todos tan dispersos, cuando habíamos sido una familia tan unida!
Y tu vida aquí ¿cómo ha sido?
En 2023 conseguí una beca en la Universidad Autónoma de Barcelona para poder hacer un máster en Relaciones Internacionales, Seguridad y Desarrollo. Pensé que era el mejor tema que podía escoger, porque me interesaba mucho, pero ya me he dado cuenta de que no hay salida profesional. Hace más de un año que busco trabajo, pero no sale nada. Y ya sé que es difícil integrarte en un nuevo país: idioma, cultura… son dos mundos muy distintos. Todo es difícil y todo cuesta muchísimo.
Tú relación con Afghan Woman on the Run, ¿en qué consiste? ¿Cuál es el trabajo que desempeñas?
Es una organización que se creó en agosto de 2021, a raíz de la nueva llegada de los talibanes al poder. No es una organización legalmente constituida, pero sí que realizan un gran trabajo y han podido ayudar a muchísimas familias afganas a salir del país y a ayudarlas en su proceso de llegada a España. Yo fui la primera que llegó a Barcelona. Ahora ayudo en las traducciones, en las entrevistas con las familias que llegan, doy charlas sobre migración, igualdad y género, sobre la situación de mi país, en escuelas, institutos, centros cívicos… Otra cosa que hago también es ayudar a buscar recursos económicos porque, una vez te dan la aprobación para venir al país, el problema siguiente es el de conseguir el dinero para pagar el billete de avión y, normalmente, no es solo un billete, son familias y a veces, extensas; así que en nuestras charlas en los ayuntamientos explicamos la situación y exploramos la posibilidad de conseguir ayudas para pagar esos vuelos.
¿Cómo está el proceso de salida en estos momentos?
Antes era más fácil porque, por ejemplo, nosotras tuvimos que esperar unos 4 o 5 meses para poder pasar la entrevista en la embajada, pero ahora, hay gente que llevan 3 y 4 años, en unas condiciones muy duras, y después, es probable que tras la entrevista te rechacen la solicitud.
¿Y a qué crees que se debe esta situación?
Antes Afganistán era un tema que estaba en los medios. Todo el mundo sabía lo que pasaba y conocían la falta de derechos de las mujeres. Desgraciadamente, ahora parece que se hayan olvidado de nosotras. Hay nuevos conflictos, también, como la guerra en Ucrania, país europeo y más cercano. O la tragedia en Gaza. Pero, Occidente se ha olvidado del apartheid de género al que estamos sometidas las mujeres en Afganistán o de las repatriaciones que se están haciendo desde Alemania, donde están regresando a la fuerza a familias afganas, cuando saben que allá sus vidas están en peligro.

Recientemente ha habido un encuentro en Bruselas entre los talibanes y la Unión Europea. ¿Cómo lo valoras?
Yo creo que es una cuestión geoestratégica. Afganistán está considerado como el corazón de Asia. Hace frontera con Irán, Paquistán, diversas repúblicas ex soviéticas y con China. Como digo, es una zona geopolítica clave y por eso quieren llegar a un acuerdo con los talibanes. Creo que ha sido un intento de lavarles la cara, de legitimarlos, y les da igual los derechos humanos, y en concreto, los derechos de las mujeres.
¿Cómo ves el futuro de Afganistán?
Negro, muy negro. Siempre ha habido violencia contra las mujeres, pero ahora es muy grave. Hay un colapso económico, los hombres salen a buscar trabajo y regresan a casa sin nada. Y ¿quién lo paga? Las mujeres, que son golpeadas y no es ningún delito. Antes podían contribuir a la economía familiar, trabajaban, estudiaban, pero ahora, en Afganistán, una mujer no vale nada. No tienen ni derecho a caminar, ni hablar, ni cantar… Nada. Y otro problema es la violencia sexual que ha aumentado muchísimo. O los suicidios entre las chicas jóvenes. No hay esperanza, no tienen nada.
En la actualidad, hay niñas que participan en clases clandestinas online donde aprenden idiomas y otras asignaturas. Normalmente, pertenecen a familias que son más abiertas. Y está bien, pero no es suficiente. Habría que crearles la conciencia de que, como mujeres, tienen sus derechos y hay que pelearlos. Pero, ¿cómo luchas si te va la vida? Ya sé que es difícil, pero si hay algún cambio, será desde el interior. Por eso, estoy pensando en hacer un grupo en línea con mujeres del país para poder hablar de estos temas, porque todavía hay mujeres que escriben poemas, algún artículo, mujeres que piensan y es importante no abandonarlas. Pero es difícil luchar por tu libertad cuando tienes el estómago vacío.
A pesar de todo, creo firmemente en la resistencia interna porque desde fuera, ya no espero nada. Afganistán es un país oscuro y necesitamos encender una lucecita.