
Por Esther Mira
Del aislamiento doméstico al activismo comunitario
Cuando llegó a Premiá de Mar desde Gambia, en 1987, Fatoumata tenía quince años. No sabía leer ni escribir, apenas hablaba castellano y su vida transcurría entre el trabajo y la casa. Durante más de tres décadas permaneció prácticamente aislada. Hace dos que empezó a acudir a las Escuelas Populares del Maresme y algo cambió.
Habla cinco idiomas, está aprendiendo a escribir, participa en proyectos comunitarios, acompaña a otras mujeres migrantes y lucha para que ninguna tenga que vivir encerrada como ella vivió. Cocina, cose, ayuda con trámites, participa en actividades solidarias y ejerce, de manera informal pero decisiva, como mediadora y referente para otras mujeres.
Su historia es también la de una escuela entendida no solo como lugar de aprendizaje, sino como espacio de acogida, protección, confianza y transformación colectiva.
Llegaste a Premiá de Mar hace casi cuarenta años, pero dices que solo hace dos que saliste de casa. ¿Qué significa eso?
Llegué a Premiá de Mar hace 39 años, pero solo hace dos que salí de casa. No sabía leer ni escribir y no me relacionaba con nadie. Iba del trabajo a casa y nada más. Ahora voy al cole. La gente piensa que llevo muchos años porque me he adaptado, pero no es así. Cuando llego a la escuela siento mucha alegría. Soy una persona abierta y me gusta hablar con la gente. No es lo mismo que estar en casa encerrada, es otro mundo. Me ha gustado mucho integrarme, conocer otra cultura. Saber leer también es muy importante. Hablo cinco idiomas: español, sarahulé, que es mi lengua materna, mandinga, pulaar y un poco de árabe. Pero escribir estoy empezando ahora.
En estos dos últimos años has hecho muchas cosas nuevas.
Sí, y gracias a las Escuelas Populares del Maresme. Empezamos con un proyecto de cocina, dando de comer a personas migrantes desalojadas del B9, en Badalona, en diciembre de 2025. Ahora estoy enseñando a coser. También nos hemos formado en el cuidado de personas mayores. Solo en Premiá somos cerca de 70 mujeres de Gambia, Senegal y Marruecos. A muchas, sus maridos no las dejan estudiar ni hacer nada y siguen viviendo encerradas, como estaba yo.
Todavía hay muchas barreras que superar.
Sí. Cuando llegué aquí con mi marido tenía quince años. Sí, casada con quince años. Por aquel entonces no había muchos extranjeros y éramos pocos los que en 1987 teníamos la piel oscura. La gente te miraba extrañada. Mis vecinos, Miguel, que en paz descanse, y su esposa, me acogieron como a una hija. Gracias a ellos he podido salir adelante, porque con quince años yo no sabía nada. Tuve a mi primera hija, María, y ellos me cuidaron. El año que llegué, a las mujeres migrantes como yo, cuando les nacía un niño se lo llevaban a África. Luché sin hablar la lengua, sin saber nada. Peleé con los hombres de aquí y con mi propio marido para que no se llevaran a mi hija a África cuando tuviera uno o dos años.
¿Por qué querían llevársela?
Para que no se criara aquí. ¿Y quién la recibe allí? ¿Quién la cuida? El abuelo, la familia del padre. Cuando nació María yo era una niña, pero luché como pude y, gracias a mis vecinos, mi hija está aquí. Me llaman «la mujer de la Capital», porque la casa de mi padre está en la capital de Gambia, Banjul.

¿Has tenido que enfrentarte a muchos otros obstáculos?
Sí. Por ejemplo, entonces a las mujeres no nos daban la residencia. A ellos sí. ¡Cuánto tiempo luchando por la nacionalidad! Es una historia muy larga, todo lo que he luchado aquí sentada con mis cinco hijos. Pero ¿quieres saber algo? Oficialmente yo no tengo hijos, por culpa de mi marido, que cambió los apellidos de los cinco niños al registrarlos. Cada uno tiene una madre diferente y seguimos con juicios y temas legales por ello. Y no, no estoy divorciada. Sigo viviendo con él.
¿Te has sentido discriminada?
Cuando llegué, no. Al revés. Me he sentido más discriminada después. Echo de menos los años en los que llegué. La gente era más amable y abierta, aun sin conocerte. Me ayudaban, me daban ropa para mis pequeños, carritos, cosas que me hacían falta. Ahora siento que hay más miedo y prejuicio.
¿Y qué ocurre con las mujeres que siguen viviendo aisladas?
Conozco a muchas. Algunas llevan quince o veinte años aquí y todavía no tienen residencia. Otras llevan treinta años y no saben ni cómo moverse y llegar a Mataró. Una compañera lleva más de cuarenta años en Premiá de Mar y todavía no puede marcar un teléfono. Cuando llega gente nueva intentamos acogerla, recibirla, que tenga un punto de referencia. Porque si te quedas en casa no puedes abrir tu corazón, no puedes decir lo que tienes y nadie lo va a saber.
¿Qué ha significado para ti la escuela popular?
La escuela, aparte de lo que puedas aprender, es unión. Es superar cosas juntas. Nos encontramos y nos acompañamos unas a las otras. Los profesores quizá no lo saben, pero nosotras sí sabemos qué significa la escuela en verdad. No se trata solo de aprender, eso es lo de menos. Es sentirte protegida. Si tienes un problema, alguien te escucha, te habla. Es algo muy importante. Este año me pasó algo muy duro. Mi marido se fue a África y, un domingo a la una de la mañana, me llamó por teléfono y me dijo que se iba a casar con otra mujer. Así, sin más. Me dijo que le estaban obligando a casarse. Al principio me dio un ataque de corazón. Pero luego, en la escuela, explicándolo, me sentí apoyada y ayudada. Solo hablando me he sentido más valiente y he podido salir adelante.
Entonces la escuela también funciona como una red de apoyo.
Totalmente. La escuelita está ayudando a mucha gente. No solo te enseña, te acompaña. Yo lo veía, pero no me atrevía. Mi marido no quería. Y la mayoría de las mujeres están así. Yo he perdido más de treinta años encerrada en casa sin saber lo que había en el mundo. Y resulta que el mundo era muy bonito, y que había que disfrutarlo. Después de tanto tiempo encerrada, ahora estoy volando.
Y acompañas a otras mujeres que viven situaciones parecidas a la tuya.
Sí. Les digo: lucha, lucha, lucha. Enfréntate a tu marido. Yo también era como tú. Mi marido antes solo era violencia, por cualquier cosa. Pero hoy en día ellos ya saben que no tienen derecho a ello. Ahora tienes que ir a denunciarlo. Poco a poco, ponte en valor. Valórate a ti misma. Si no te valoras tú, nadie te va a valorar.
¿Crees que aprender y relacionarse con otras mujeres les da herramientas para hacerlo?
Sí. Después de cuarenta años viviendo aquí, estos dos últimos años es como si me hubiera despertado. Nos reunimos, hacemos cosas, aprendemos juntas. Antes yo no hacía estas cosas. Ahora pienso: ¿y por qué no? Como dice mi hijo pequeño: «Mujer, ve hacia adelante, no mires atrás».

Las Escuelas Populares también os han impulsado a emprender.
Hemos empezado poco a poco. Vendemos cosas en la escuela. La gente nos ha pedido fundas para libros, puntos de libro, cosas hechas con telas africanas, llaveros… Ahora estamos mirando de hacer más cosas y ayudar. Tenemos una máquina de coser que hemos podido comprar gracias al dinero que nos ayudaron a conseguir, pero ese dinero se acaba. Entonces, tenemos que luchar para poder avanzar.
¿Qué proyectos estáis desarrollando ahora?
Hemos hecho cocina y ahora estoy enseñando a coser. También nos hemos formado para cuidar a personas mayores. Queremos emprender un taller de cocina. El proyecto LLiures también nos ha ayudado mucho. Nos dieron algo más de diez mil euros. Gracias a ese dinero hemos podido formarnos y aprender a coser y a cuidar a personas mayores. Pero necesitamos un espacio más grande. Hay muchas mujeres que quieren saber, quieren estudiar, pero el sitio donde estamos es muy pequeño y nos falta espacio. Muchas mujeres necesitan formación, necesitan entregarse y necesitan estar como en su casa.
También participas en iniciativas solidarias internacionales.
Sí. Colaboro con la organización Sanprem que desde el Maresme trabaja para mejorar la vida de la población de Sanunding, en Gambia, en especial de sus menores.
¿Qué esperas que ocurra a partir de ahora?
Sé que hay muchas más mujeres, muchas, muchísimas, que están aún por contactar. Hemos empezado poco a poco. Algunas se van abriendo. Porque si no vienes a un sitio, no puedes abrir tu corazón, no puedes decir lo que sientes. Si sales, estás con la gente y una persona te explica su historia; somos como hermanas, y mañana te abrirás. No hace falta que vayas al psicólogo: hablando entre nosotras te sientes aliviada.
¿Te consideras una mediadora o líder comunitaria?
Eso me dicen ahora, que soy una líder de la Escuela Popular del Maresme. Yo no lo sé. Todavía me falta valor, pero estoy empezando a dar el primer paso. Es como si me hubiera despertado. Antes no sabía lo que había en el mundo. Ahora estoy volando.