Mariam Ghailan Edlhissi: “Nos cubrimos la cabeza, pero no el cerebro”

Mariam Ghailan Edlhissi: “Nos cubrimos la cabeza, pero no el cerebro”

Por Montse G. Sosa

Vive en Catalunya desde los años noventa. Emigró desde Marruecos para poder vivir con mayor libertad y ejercer su derecho a la participación ciudadana, sin represión. En Vilafranca del Penedés donde reside, ha participado en la creación de dos asociaciones de mujeres: El Fath de Dones (La apertura) y ADDA (Asociación de Mujeres, Mujeres Asociadas).

De pequeña, ¿cómo era la situación política de Marruecos?

Crecí en Tetuán, Marruecos, que en otros tiempos fue la capital del mal llamado protectorado español (colonia). En casa siempre teníamos amigos de mis padres, personas muy politizadas y cultas, que hablaban de todo, especialmente de política. Se respiraba libertad. Yo recibí una educación basada en la libertad y la igualdad. Teniendo en cuenta que vivíamos bajo un régimen represor y en una sociedad muy machista, les debo, a mi padre y a mi madre, estos valores humanistas. Mi padre fue uno de los fundadores del Partido por la Independencia de Marruecos.

Desde principios del siglo XX, Francia y España se repartieron nuestro país, hasta nuestra independencia, en 1956. Fue un período muy duro, con numerosos enfrentamientos y resistencia por parte de la población, especialmente del Rif. La guerra del Rif duro dieciocho años y terminó con la victoria militar de la alianza franco-española, la disolución de la República del Rif y la ocupación definitiva de todo el territorio por parte de España y de Francia.

Irónicamente, en la colonia española se vivió un período “de paz”. Durante la guerra civil de España, se suavizó la represión porque Franco necesitaba reclutar a hombres marroquíes para acabar con la República Española.

De adulta, ¿te implicaste en movimientos políticos o intelectuales?

Cuando estuve en la universidad en los años ochenta, durante el reinado de Hasan II, formé parte del sindicato de estudiantes. Protestamos muy a menudo y reclamábamos un estado democrático. Estábamos bajo una monarquía dictatorial, un período de mucha represión y violación de los derechos humanos. Junto a otros compañeros, fui detenida varias veces. Fueron unos años de mucha represión, que se conocen como los “años de plomo”.

¿Cuándo y por qué decidiste emigrar a Europa?

Eran los ochenta. En la universidad, hablábamos mucho y sabíamos que en España se estaba produciendo un cambio de régimen, que se estaban recuperando libertades y que las mujeres luchaban abiertamente por la igualdad, que se había acabado la represión franquista, y desde nuestra perspectiva y contexto, todo aquello nos parecía maravilloso. Así que decidimos venir con mi marido. Hasta entonces nunca había pensado en emigrar a Europa, pero las circunstancias políticas y la represión me hicieron decidirme.

Tenía 25 años cuando llegué a Cataluña y mucha ilusión. Dejar atrás Marruecos, la represión, poder expresarme en libertad… ¡una nueva vida llena de ilusiones¡ Era el mes de junio, hacía mucho calor, pero aquel sol para mí representaba la luz, la libertad. Lo recuerdo como si fuera hoy.

Lo primero que me chocó fue el catalán. Yo había estudiado Filología Hispánica, hablaba castellano y francés sin problema, pero aquella lengua no me sonaba de nada, no era ni francés, ni italiano, ni castellano, era catalán. La lengua en la que se comunicaban la mayoría de las personas. Así que me puse a estudiarlo. El otro choque fue darme cuenta de los prejuicios hacia las mujeres musulmanas, los vecinos no me saludaban, no lo entendía. Empecé a sentirme muy sola y sentía mucho vacío. Pasé unos cuantos años sin ver a la familia. Echaba de menos el contacto social, necesitaba hacer cosas, relacionarme con la gente, pero como mujer marroquí musulmana y casada, no era fácil. Viví una etapa muy decepcionante, sentía que no encajaba, no encontraba mi lugar. Por otra parte, tenía una vida familiar complicada.

Y con toda esa energía, ilusión y sueños, ¿qué hiciste con ellos?

Puede sonar duro, pero mi vida, plenamente de verdad, empezó cuando murió mi marido, hace ahora veinte años. Al quedarme viuda tenía dos opciones: volver a Marruecos o seguir aquí sola, pero libre. Tuve muy claro que me quedaba. La opción de volver a mi país la descarté totalmente. Volver como mujer viuda, según la tradición, suponía estar siempre controlada: dónde vas, con quién vas, no poder salir nunca sola a ningún sitio, no poder viajar sin la “protección” de un hombre… Era ir hacia atrás, así que me quedé y desarrollé mi vida aquí como mujer libre. Ahora podía dedicarme solo a mí y hacer todo lo que siempre me ha gustado y me apasiona: la docencia y el activismo.

¿Cómo lo hiciste? ¿Y en el mundo laboral?

Lo primero que tuve que hacer fue conocer y gestionar aspectos de mi vida cotidiana, que pueden parecer irrelevantes, pero para mí, en aquel momento, eran rompedores, emancipadores. Gestionar mi economía, ir al banco, abrir una cuenta, aprender la lengua, aprender a hacer un CV, buscar trabajo, cosas que no había hecho estando casada, y ahora podía y quería hacerlo. Decidir que quería hacer con mi vida como mujer independiente y libre. Viví un cambio radical. Me sentía con mucha fuerza, pero también me encontré con muchos obstáculos.

Me inscribí en una formación para posibilitar la inserción laboral, saqué la segunda mejor nota en la prueba de acceso. Cuando leí las condiciones para hacer las prácticas, decía literalmente que “las podía hacer, pero sin pañuelo”. Así que renuncié a hacer la formación. Después quise formarme como trabajadora familiar, hice la parte teórica, pero en las prácticas también sufrí la misma imposición: allá donde iba, tenía que quitarme el pañuelo. Finalmente, las únicas que me aceptaron fueron las monjas de la Caridad de Santa Ana de Vilafranca del Penedés. Un trato excelente, aprendí mucho y estoy muy agradecida.

A pesar de mi preparación, nunca pude trabajar de manera regular. He estado haciendo trabajos de cuidados y de limpieza, pero sin cotizar. Y desde hace años hago voluntariado en la Cruz Roja, donde siento que puedo desarrollar mis capacidades.

Junto con otras compañeras también sufrimos otras situaciones de discriminación, que nos sorprendieron mucho, como asistir a una manifestación o acto de protesta, participar en diversos movimientos y sentirnos rechazadas.

Actualmente es bastante diferente, ahora vemos mujeres con pañuelo que trabajan de cara al público, pero en los noventa no era posible. Fue duro.

Ante esta situación, ¿qué hiciste? ¿Cómo era la relación con la comunidad musulmana y local?

Mi introducción en la comunidad islámica no fue nada fácil. A través de las clases de lengua conocí a un grupo de mujeres -musulmanas y no- que teníamos ganas de hacer cosas. Lo primero que decidimos, fue utilizar la Mezquita para nuestros encuentros y actividades. Se nos negó de pleno. Solo los hombres tenían acceso. Persistimos en la demanda muchas veces y siempre se nos negaba.

Ante esta injusticia, finalmente creamos la asociación El Fath de Dones (La apertura). La asociación nació con el objetivo de conseguir que las mujeres pudiéramos utilizar la mezquita, como lo hacen los hombres. El año 2016 vivimos muchos enfrentamientos con la comunidad islámica masculina. Según nuestra religión, las mujeres no están obligadas a asistir a la mezquita en todas sus liturgias, pero tenemos todo el derecho. Queremos rezar en comunidad, aprender y leer el Corán, compartir y hacer todas las actividades que habíamos hecho y que ahora se nos negaban. Fue una lucha muy larga y dura, con una fuerte oposición por parte de los hombres. Convocamos grandes demostraciones en la calle con la participación de mucha gente. Para nosotros era y es, un derecho democrático.

¿Y cómo sigue?

Todo cambió cuando denunciamos públicamente que el presidente y el secretario de la comunidad islámica nos habían negado la entrada a la mezquita y nos habían prohibido hacer actividades. Salir en los medios tuvo un fuerte impacto local, y finalmente lo conseguimos, luchando, perseverando.

Desde entonces, a menudo nos ponen trabas para imposibilitarnos el acceso, pero acaban cediendo bajo nuestra insistencia y porque saben de lo que somos capaces. Ahora mismo, la asociación El Fath de Dones está inactiva, pero a pesar de los palos en las ruedas, las mujeres continuamos yendo y haciendo actividades.

Personalmente sufrí un rechazo, que todavía dura, y una persecución por parte de la comunidad masculina de la mezquita. No soy de su agrado. Desde hace un tiempo he salido de la primera línea de acción, por salud. Tuve un desgaste personal y social muy fuerte y me retiré un poco.

¿Te quedaste en casa?

¡En absoluto! Después de un tiempo de reflexión, y junto con otras compañeras como mi pareja lingüística, Raquel, decidimos crear la asociación ADDA.

¡Volver a empezar, seguir! No te rindes nunca, ¿verdad?

Nunca, como he dicho antes, la lucha por la igualdad de todas las mujeres, es una necesidad para mí, y una pasión.
ADDA es una asociación que quiere generar convivencia y relación entre mujeres de diferentes culturas y orígenes, a través de varias actividades para fomentar la interculturalidad, la solidaridad, la igualdad y el empoderamiento de la mujer. Todo esto a través de actividades formativas de lengua, lúdicas y artísticas o deportivas. También es un espacio que acoge y cuida a las mujeres que se pueden encontrar en situaciones conflictivas. Por todo ello, contamos con muchas voluntarias, entre ellas una psicóloga.

¿Qué les dirías a las chicas jóvenes musulmanas? Y a la población local, ¿qué podemos hacer por la cohesión y la igualdad?

Popularmente hay la creencia que las mujeres musulmanas somos sumisas, que estamos sometidas al hombre. Cuando esto es así, no tiene nada que ver con la religión, no es por ser musulmanas, sino por ser mujeres. Es por culpa de la tradición y el machismo que se ha aprovechado durante siglos de la desinformación de las mujeres haciéndolas creer que la religión les obliga. En absoluto, yo como musulmana me siento totalmente empoderada y conozco muy bien mis derechos. Es la cultura patriarcal, amparada por una tradición musulmana manipulada y mal entendida, que nos quiere sumisas.

Por eso es muy importante que las jóvenes musulmanas se formen, luchen por sus derechos, se involucren en las comunidades allí donde estén y que luchen por la democracia, la justicia y la igualdad. El velo no debe ser un obstáculo para la conquista de la igualdad, porque nos cubrimos la cabeza, pero no el cerebro.