
Por Sonia Potoy y J. Palomés
Periodista peruana, afincada en Barcelona, se especializó en Estudios de Género en Chile y estudiante del máster Género y Comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona. Se considera una activista por una comunicación feminista decolonial y antirracista. Ha sido una de las impulsoras de la Red de Comunicadoras Feministas del Perú. Actualmente trabaja como técnica de comunicación en la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado (CCAR).
¿Qué objetivos tiene la CCAR?
La CCAR se creó el 2004 y trabaja en el ámbito de la defensa del derecho al asilo y los derechos de las personas refugiadas, así como de las personas migradas en situación de vulnerabilidad. Apoyamos a las personas refugiadas llegadas a Catalunya en su proceso de inclusión social desde una metodología integral. La CCAR estaba buscando un técnico de comunicación para integrarlo en el programa. Yo en esos momentos estaba organizando Talleres de comunicación antirracista bajo una mirada decolonial y eso les interesó mucho y aquí estoy. Además, casi toda mi experiencia profesional ha estado centrada en ONG.
¿Y cuál es tu función en esta asociación?
Como técnica de comunicación, mi función es, básicamente, dar forma a la estrategia comunicativa de la entidad. Elaboro los comunicados, coordino las campañas de difusión y doy un seguimiento cotidiano a las redes. La CCAR trabaja en dos áreas: una de atención al usuario y otra es el área de incidencias. Tenemos un proyecto específico que vela por los derechos LGTBIQ+ y el derecho al asilo; tenemos proyectos para que se reconozca la violencia de género como uno de los motivos para la búsqueda de asilo y hacemos campañas divulgativas en las escuelas organizando talleres. Ahora mismo, en Sant Boi, organizamos talleres de sensibilización en las escuelas sobre discursos de odio, refugiados y migrantes y sobre la cuestión de la identidad.
Háblame de estos talleres dirigidos a niños y niñas y adolescentes…
Trabajo mucho en talleres para infancia y adolescencia. Recientemente, en uno de esos talleres abordé el tema de la identidad. A los distintos grupos, porque son diversos colegios, les dije que dibujaran una persona europea con sus características: color de piel, pelo, religión, profesión… Salió, en general, una persona blanca de pelo claro, ojos claros, cristiano, de buena posición social… Algunos jóvenes mencionaron que bebía o fumaba mucho. La segunda parte del ejercicio consistía en dibujar una mujer y un hombre latinos; una mujer y un hombre musulmanes y una mujer y un hombre negros. Eran grupos con mucha diversidad pero el resultado final fue terrible. En algunos grupos, el hombre musulmán era terrorista, machista; la mujer latina, prostituta… Me llamó la atención un colegio de Cornellà, con un alto porcentaje de diversidad. Cuando describieron la persona blanca la describían como alguien con vivienda, con derechos… Les pregunté qué era para ellos ser una persona europea: “ser blanco”, decían unos. Les pregunté si haber nacido en territorio europeo también contaba para ser europeo. Todos estuvieron de acuerdo que sí. “¿Y cuántos habéis nacido aquí?”, les pregunté y se alzaron muchas manos de todos los colores. Eso nos lleva al concepto de identidad, que es un término de ficción, que es una idea que hemos construido y que es excluyente y es un término del que se ha apoderado la ultraderecha. En el sistema capitalista la identidad se construye en “contraposición a” y de una manera jerárquica. Tú eres español porque no eres musulmán o latinoamericano… La experiencia blanca es histórica, supremacista.
El fenómeno migratorio y su resolución es una prioridad en la Unión Europea, donde se percibe como un “problema”…
En primer lugar, evitemos esa mirada condescendiente y paternalista hacia las personas migrantes y empleemos una relación de dignidad: apoyar o luchar por la causa de las personas migrantes para defender el Derecho Internacional de Asilo no es un acto de caridad y humanidad, sino una responsabilidad social, civil. Hay que anteponer la humanidad cuando hablamos de personas migrantes,
Hemos elaborado un estudio de investigación sobre qué palabras se utilizan y abundan en los medios para definir este tema: “crisis migratoria”, “presión migratoria”, “problema”, “invasión”, entre otros muchos términos y siempre aparecen acompañadas de imágenes de personas negras. Hay una preparación desde lo mediático para que el ciudadano acepte este marco de entendimiento para redefinir la migración y que, en resumen, engloba dos aspectos: uno, el paternalismo y la condescendencia, que se aprecia en la documentación que han de presentar, como certificados de vulnerabilidad, y la tutela a la que se les someten; el otro es la peligrosidad, la amenaza y la sospecha. Pero nunca se aborda la responsabilidad europea en el fenómeno migratorio del Sur Global cuando, por ejemplo, sus empresas extractivas, mineras y pesqueras han condenado a la ruina a comunidades enteras.

¿Hay empresas españolas involucradas en esas actividades?
Sí, sobre todo en el sector pesquero. Precisamente, en la CCAR estamos trabajando en una campaña de difusión gracias a una exhaustiva investigación que se hizo en El Salvador y en el Sáhara Occidental ocupado, sobre los efectos que tienen en esas regiones la pesca de arrastre, que deja sin su sustento a numerosas comunidades. Lo que genera un fenómeno migratorio forzoso por la extinción de sus caladeros de pesca. Explicamos las historias que hay detrás de ese proceso migratorio forzado y la responsabilidad de las grandes empresas pesqueras españolas que operan en El Salvador, en el banco sahariano y en Mauritania.
El Consejo de Ministros ha aprobado la nueva Ley de Asilo y de reforma de la Ley de Extranjería para adaptarla al Pacto Europeo de Migración y Asilo. ¿Qué opinas de esa nueva normativa?
A nivel europeo, la nueva normativa no es más que la aceleración de los procesos de expulsión. En Derecho Internacional, este proceso toma su tiempo porque hay que probar y demostrar determinados indicadores. Ahora, con el nuevo reglamento europeo se agiliza la expulsión de las personas sin tener en cuenta sus derechos. Estamos hablando de gente, familias enteras, que vienen nadando, andando tras cruzar desiertos, empobrecidas, sin dinero y que se las expulsa a terceros países, ni siquiera a sus países de origen. Es una política de muerte. La necesaria protección de este colectivo pierde fuerza frente al fortalecimiento del control fronterizo, la restricción de la libertad de movimiento, la aceleración de las expulsiones y los mecanismos de retorno. Por otra parte, una manera para recuperar la empatía hacia la inmigración sería recordar nuestras propias historias de refugio, de asilo, de emigración. No hace tantos años, casi un millón de andaluces fueron acogidos en Catalunya…
Se tiende a confundir el término migrante con el de refugiado…
En general, la palabra refugiado no se utiliza tanto coloquialmente, porque las personas refugiadas tienen derechos. Por lo menos reconocemos en el imaginario colectivo que esos refugiados procedentes de entornos bélicos, por ejemplo, tienen derechos, un marco legal de protección, a diferencia de los migrantes, que se catalogan como un problema individual que no nos atañe. El refugiado, pues, tiene un marco legal de protección, a pesar de que en muchas ocasiones no se cumpla. Y cada vez menos… Se impone un concepto de emigrante a personas -que para mí son refugiados- que cruzan fronteras nadando, caminando, arriesgando sus vidas. Y el derecho al refugio es un derecho humano avalado por el Derecho Internacional. Pero a esta gente que cruza mares y fronteras nadando no se les llama refugiados, se les llama migrantes. Y esa categoría no solo la hemos racializado, sino que la hemos convertido en un concepto en el que se le traspasa toda la responsabilidad a esa persona. La descontextualiza. Es una persona irresponsable que no cumple las leyes, que no cumple las reglas… En el marco legal, solo se reconocen algunos factores específicos para reconocer el estatus de refugiado y ninguno de esos factores es económico, de pobreza. Lo son por cuestiones bélicas, por desastres…
Dejando de lado la terminología legal, yo abandoné el término migrante o inmigrante porque es un concepto racializado. Por ejemplo, los extranjeros blancos que vienen de occidente no se les llaman inmigrantes, son “expats”. Inmigrantes son aquellos que vienen de entornos empobrecidos. En mi país, ahorita hay muchos venezolanos. Esos son inmigrantes. Los europeos, españoles, que llegan a trabajar a Perú son extranjeros, no inmigrantes.

El drama que se está desarrollando en Ceuta, ¿cómo se debería afrontar? Desde la ultraderecha, exigen medidas drásticas que van mucho más allá de la legislación vigente.
En Ceuta está clara la compleja dimensión geopolítica de la cuestión y, por lo tanto, las soluciones que se aborden no se sabe si resolverán el problema o lo empeorarán. Lo preocupante es cómo se ha entrenado la mirada ciudadana y cómo hemos aprendido a ver el mundo desde la crueldad. Hubo más de cien muertos –y muchos desparecidos- en Ceuta y, sin embargo, el foco no está ahí. Está en el ataque a la soberanía y no en los más de cien muertos. Por otra parte, ¿pasaría lo mismo si estos jóvenes fueran blancos nadando buscando refugio, ucranianos por ejemplo? Yo creo que no. Hay una deshumanización de ese cuerpo negro, marrón, árabe, cuya vida no importa, sino que importa la soberanía y la integridad territorial.
Me cuesta creer que esto haya surgido de repente y que haya cogido al Gobierno tan desprevenido. Ceuta y Melilla son territorios muy complejos, pero muy atractivos para determinados intereses geopolíticos. De ahí, la sorpresa por la absoluta falta de previsión. ¿Quiénes son los responsables? Hay aspectos oscuros y a las víctimas se las culpabiliza.
En toda América Latina el mestizaje es una realidad que surge con el encuentro de distintas culturas.
El término “mestizaje” se ha idealizado. En mi país, Perú, y en los países latinoamericanos en general, territorios que han sido colonizados, existe la idea del mestizaje. En Perú, más de la mitad nos autoidentificamos como mestizos: somos una mezcla de la cultura andina y de los europeos, los españoles y que ya representa un rasgo cultural y étnico. Las personas ya no se definen como quechuas o aymaras, pongamos por caso, sino como mestizos renunciando a un importante espectro cultural, que es el suyo propio. En mi país hay mucha gente que se aferra a ese mestizaje europeo para sentirse un poquito mejor: mientras más blanco te vean, mejor te tratan…
Mestizaje, usualmente, se entiende como dos culturas que se conectan y se entrelazan de manera orgánica, horizontal. Pero en América Latina no hubo esa horizontalidad, sino una imposición de una cultura hegemónica y un silenciamiento de la otra cultura. Todavía preservamos esa mirada colonial. Queremos pensar que, de alguna manera, descendemos de Europa; y que, aunque en menor medida, también somos parte de esta cultura dominante.