
Marzia Giglioli, periodista, AMMPE Italia
Las palabras nunca son neutrales; el lenguaje moldea nuestra percepción de la realidad, y en la cuestión de género, conllevan una enorme responsabilidad, pues definen roles, perpetúan estereotipos e influyen directamente en la conciencia de la igualdad.
Existe otro riesgo en las palabras: el de distorsionar la naturaleza de la responsabilidad. Lo hemos visto en numerosas ocasiones en casos de violencia contra las mujeres, en expresiones como «ataque de locura» o «crimen pasional», que siempre han tendido a justificar al agresor, “patologizando” el acto y minimizando la gravedad sistémica de los feminicidios. Todavía existe una gran diferencia entre las palabras adecuadas y las inadecuadas en la cuestión de género.
Contrarrestar esta narrativa tóxica es una de las primeras tareas que debemos abordar si queremos lograr un uso más ético del lenguaje que erradique de forma definitiva y sistemática cualquier intento de atribuir la culpa no a los perpetradores, sino a las víctimas de la violencia. Este es un problema que se ha denunciado muchas veces en los últimos años y es el aspecto más citado del mal uso de la palabra en el ámbito de la mujer. Sin embargo, existe otro nivel gramatical, más sutil pero igualmente peligroso: el uso asimétrico de términos, que aún refleja una visión del mundo androcéntrica.
Las raíces ocultas de la violencia en la gramática incorrecta
Las raíces ocultas de la violencia residen en la distorsión cultural, y es ahí donde debemos buscar y aplicar la corrección. Necesitamos restablecer una cultura del lenguaje que desmantele los malentendidos interpretativos, incluso en áreas aparentemente inocuas, que ocultan un «sexismo benevolente», como el uso de términos paternalistas. Estos términos, aparentemente afectuosos, socavan la autoridad de las mujeres, atribuyéndoles fragilidad y, por lo tanto, un poder compensatorio y legítimo al mundo masculino.
La raíz de la violencia a menudo reside en este dualismo perpetuamente opuesto. Este dualismo, carente de complejidad, perpetúa el error transmitido por un lenguaje que aún no ha desarrollado una cultura igualitaria.
Queda mucho trabajo por hacer para superar el binarismo de género y abordar los riesgos de su perpetuación y acentuación en las nuevas tecnologías. Porque, si no se produce una ruptura inicial, la Inteligencia Artificial (IA) volverá a proponer estereotipos y prejuicios, con un efecto aún más dilatado y multiplicador. Si la IA necesita encontrar su ética y sus límites, y el debate ya se está desarrollando a nivel global, con mayor razón.
Es fundamental eliminar toda forma de oposición al dualismo para superar, de una vez por todas, cualquier distorsión en materia de género.
La IA y el riesgo de perpetuar sesgos y distorsiones
El objetivo sigue siendo principalmente cultural —lo venimos diciendo desde hace años—, pero ahora más que nunca la batalla es por la regeneración de la palabra. En un mundo donde las redes sociales lo expanden todo sin límites ni reglas, debemos esforzarnos por adoptar formas neutrales e inclusivas que defiendan la complejidad intrínseca de la gramática correcta, que es también una nueva gramática del comportamiento donde todas las identidades están protegidas y cada subjetividad está debidamente representada.