Helen Casanovas: «La perspectiva bicultural permite tener una mirada más amplia de la realidad»

Helen Casanovas: «La perspectiva bicultural permite tener una mirada más amplia de la realidad»

Por Esther Mira

Andrea Nable y Helen Casanovas se conocieron hace tres años. Después de compartir sus experiencias vitales –no solo entre ellas, sino también con más personas de identidades diversas – se dieron cuenta de que el «choque cultural interno» inherente a la biculturalidad influye directamente en la forma de percibir, sentir, pensar y afrontar la vida. Muy a menudo, esta realidad se vive en soledad y silencio lo que puede generar confusión, inseguridad, vacío interno o aislamiento.
Para llenar este vacío dieron a luz Entre Tierras: «como mujeres con raíces filipinas, en este proyecto nos inspiramos en el sistema de sabiduría indígena filipino donde uno de sus conceptos esenciales es Kapwa, una conciencia relacional que nos vincula con toda la vida y donde la fuerza de la comunidad es clave».

¿Qué hay en el hueco de Entre Tierras?
Pues un espacio de encuentro de personas biculturales y multiculturales, es decir, personas que por sus circunstancias personales han nacido, crecido y vivido en diferentes lugares del mundo o dentro de contextos familiares culturalmente diversos y que, por tanto, no se identifican con una única cultura. Nace de la necesidad de encontrar un espacio seguro y de confianza donde poder compartir la riqueza, pero también los desafíos y complejidades que conlleva navegar entre culturas.

¿Cuáles son sus objetivos?
Fortalecer conexiones, construyendo una comunidad de apoyo mutuo para personas que se identifican con más de una cultura. Crear un espacio seguro donde ofrecer un entorno de confianza en el que poder compartir y expresarnos libremente. Y donde poder compartir herramientas y recursos que nos ayuden a observarnos y tomar conciencia de cómo nuestra identidad mixta influye en nuestra vida. Al fin, reconocer, empoderar y celebrar la riqueza de nuestra diversidad.

¿Qué huella en términos de identidad supone vivir o nacer entre dos o más mundos?
Navegar entre diferentes culturas influye profundamente en la identidad de una persona y en su forma de percibir y afrontar la vida, tanto desde un punto de vista interno como relacional y social. Aunque cada caso es único, existen aspectos que suelen ser comunes como, por ejemplo, una capacidad de adaptación que permite desarrollar una gran empatía y flexibilidad para adaptarnos a diferentes contextos culturales, si bien esto también puede llevar a la necesidad de anular o esconder partes de nuestra identidad para poder encajar y sentirnos aceptadas. También una ambivalencia cultural; sentir que se vive en un espacio intermedio, sin pertenecer completamente a una cultura ni a la otra. Esto puede generar sentimientos de inferioridad, falta de confianza, la sensación de no ser suficiente para ninguna de las culturas, aislamiento o confusión.
A la vez, contar con distintos modelos de referencia, incluso contrapuestos en algunos casos, permite desarrollar una visión ampliada, crítica y una capacidad de cuestionar las diversas estructuras sociales y sistemas de valores con las que una se identifica. A veces, ello comporta cierta dificultad para encontrar una comunidad donde encajar completamente y donde nuestra identidad diversa sea aceptada en su totalidad.

¿La experiencia multicultural va ligada inevitablemente a una herida de no pertenecer?
En muchos casos sí, pero no siempre. Puede darse el caso, por ejemplo, que una persona se sienta plenamente identificada con una sola cultura, quizás por haber vivido la mayor parte de su vida en ella o por una conexión emocional más fuerte, mientras que se rechaza o ignora la otra.
Por otro lado, el concepto de «pertenencia» en sí mismo puede ser dinámico a lo largo de la vida de una misma persona, es decir puede ir variando a medida que crecemos. Puede darse el caso de que se ignore alguna de las culturas y en un momento determinado se despierte una inquietud o una necesidad de búsqueda de la cultura que había quedado en segundo plano. Por lo tanto, la forma en que se vive y se integra esta realidad varía enormemente en cada caso y a su vez puede ir evolucionando en la vida de una misma persona.

¿Hablar de biculturalidad es hablar de trauma multigeneracional?
Si, a veces la biculturalidad está ligada a heridas profundas derivadas de los procesos de colonización que aún resuenan en muchas personas o al trauma de la migración que se refiere a las heridas psicológicas profundas que una persona puede sufrir como resultado de la experiencia de migrar. En ambos casos estas heridas pueden no terminar con la persona que las vivió en primera persona, sino que pueden transmitirse a las siguientes generaciones.
Además, cada generación vive de una forma diferente el choque cultural. No es lo mismo para una persona migrante de primera generación, que lo dejó todo atrás y se enfrentó a una cultura completamente nueva, que lo que experimenta su hija o su nieto, que quizás nació en el nuevo país, pero que creció con las historias y las normas de diferentes culturas, sintiéndose «entre dos mundos”. A menudo, muchas de estas historias y estos sentimientos complejos de desarraigo, de identidad dividida o de sacrificios, quedan anulados o silenciados dentro del seno de las familias por vergüenza, por protección o falta de herramientas para expresar y gestionar estos sentimientos.
Para nosotras es importante generar espacios donde las personas que lo deseen realicen un trabajo de autoexploración personal y al mismo tiempo invitar al diálogo intergeneracional. Creemos firmemente que poner palabras a estas vivencias, compartirlas en un espacio seguro, es absolutamente esencial. Es el primer paso para tomar conciencia, comprender y empezar a sanar esas experiencias que, aunque no se vivieron directamente, perviven en el interior de las siguientes generaciones.

¿Qué retos puede comportar hoy vivir entre tierras? ¿Qué virtudes?
Uno de los retos más grandes es lo que se conoce como “fatiga cultural”, un esfuerzo continuo de adaptación, de navegar entre valores, normas de comunicación, incluso entre formas de entender el humor que, a veces, chocan entre sí. Esta tensión cultural y necesidad de ajustarse según el contexto, puede llegar a ser agotadora emocionalmente.
En cuanto a las virtudes cabe destacar que, en general, las personas biculturales y multiculturales son personas flexibles, resilientes, creativas y con capacidad de pensar nuevas ideas. Al fusionar perspectivas de diferentes culturas pueden establecer conexiones y ver soluciones y oportunidades donde las personas con un solo marco de referencia quizás no pueden ver.
Además, pueden hacer de nexo entre personas de diferentes culturas ya que tienen la capacidad de entender y traducir diferentes lenguajes y códigos conductuales. Pueden ser puente para mediar y ayudar a que las personas de diferentes contextos culturales se entiendan.

A nivel personal, tu biculturalidad te ha llevado a repensar el desarrollo turístico en Filipinas. ¿En qué se está traduciendo esta visión?
Sí, como comentaba, la perspectiva bicultural permite tener una mirada más amplia de la realidad y una capacidad de cuestionar las diferentes realidades, estructuras sociales y sistemas de valores con los que una se identifica.
En mi caso, tengo una visión muy crítica en cuanto a la cuestión turística. Aunque me formé en turismo y tengo experiencia en el sector creo que es sobretodo el hecho de vivir entre dos tierras como persona local en ambas, lo que me ha permitido sentir en mi propia piel las desigualdades entre el Norte y el Sur global y las dinámicas de poder que se ejercen.
Actualmente, la forma de viajar es superficial y turistocéntrica. La Tierra se ha convertido en un producto de consumo que se explota para beneficio de unos pocos sin tener en cuenta el impacto que se genera sobre ella.
Esta situación me preocupa profundamente: la presión insostenible sobre los recursos naturales, la gentrificación que expulsa a las comunidades locales de sus hogares, la mercantilización de la cultura y la actitud de superioridad hacia las personas locales. El bienestar de unos pocos se está obteniendo a expensas de la dignidad y la vida del resto de seres y de la explotación de la Naturaleza.
Esta visión crítica, sin embargo, no me lleva a rechazar el viaje. Al contrario, me impulsa a buscar y repensar nuevas formas de viajar más conscientes, comprometidas y respetuosas. Estoy convencida de que si cambiamos el cómo viajamos, podemos transformar el viaje en una poderosa herramienta de acercamiento donde abrazar nuestras diferencias, construir puentes y conectarnos desde el entendimiento, el amor y el apoyo mutuo. Por ello, mi trabajo, hoy, es una invitación constante a reflexionar sobre la forma de viajar y a crear experiencias que sumen para todos.
El verdadero bienestar no puede construirse a expensas de otros seres ni del planeta, al contrario, solo será posible alcanzarlo cuando pensemos y veamos más allá de nosotros mismos, poniendo el foco en el conjunto de toda la Vida y en las generaciones futuras sin olvidar, nunca, de dónde venimos. Esto es Kapwa.