Zineb Kachaoui: “El trabajo colectivo siempre da fruto frente a las prácticas abusivas del capitalismo”

Zineb Kachaoui: “El trabajo colectivo siempre da fruto frente a las prácticas abusivas del capitalismo”

Por Montse G. Sosa

Zineb Kachaoui es de origen argelino, de la Cabilia, en el Nordeste de Argelia, una de las zonas del país donde la cultura amazigh está más fuertemente arraigada y altamente representada. Zineb bien podría representar la suma de varias luchas: la cultural y étnica, la política y la de género. Ella y su familia tuvieron que hacer frente a la represión, persecución y exilio involuntario y desde 2023 viven en Catalunya, no exentos de otros tipos de discriminaciones. La lucha por la defensa de la libertad y la vida es su estado vital y viaja con ella y su familia.

Háblanos de tus orígenes, del entorno donde creciste
Vengo de una familia conservadora, demócrata y liberal de origen amazigh. Mi padre era profesor de Ciencias y mi madre es maestra de lengua francesa en mi país. Estoy casada y tengo dos hijos menores.
Obtuve el bachillerato en la especialidad de Lenguas en 2008 y entré en la universidad para estudiar Psicología, especializándome en Psicología para la orientación escolar y profesional. Siempre me ha fascinado el mundo de los niños, cómo comunicarme con ellos y ayudarles a superar las dificultades de aprendizaje.
Al terminar los estudios, trabajé en una escuela privada en la ciudad de Bèjaia. También formé parte de una asociación de alfabetización, donde enseñaba a madres que no habían tenido la oportunidad de estudiar, debido a las políticas del país y a la ocupación francesa, que duró casi un siglo en Argelia.

¿Cuándo y cómo te interesaste por los movimientos sociales de tu pueblo? ¿Cuál fue tu implicación?
Antes de la colonización francesa en1830, los amazighs comprendían distintos pueblos originarios del norte de África. Durante la colonización Francia impone su lengua, prohíbe la lengua amazigh, las manifestaciones culturales de este pueblo y elimina todas sus estructuras tradicionales.
En los primeros años de la independencia en 1962, el objetivo del nuevo gobierno era eliminar totalmente el francés y construir un Estado totalmente árabe, y la escuela era —y es— una herramienta muy poderosa para esta tarea.
El árabe iba ganando cada vez más fuerza en todas las materias y el amazigh quedó totalmente prohibido, despreciado y considerado por el poder como una lengua atrasada.
La lengua amazigh sólo se hablaba en la calle y en las casas, pero estaba prohibida en las aulas; no se podía hablar dentro de los espacios de estudio, a pesar de ser la lengua originaria de todos los habitantes del norte de África. Desde entonces y durante años, ha habido un movimiento de lucha y resistencia de nuestro pueblo. Distintos grupos, especialmente los maestros, empezaron a organizar manifestaciones pacíficas y salir a la calle, así como a recoger firmas, para conseguir que fuera reconocida como lengua oficial del país e incluirla en la enseñanza en escuelas primarias, secundarias e incluso universidades.
Tras varios años de luchas, la demanda fue atendida: en 2003 se empezó a enseñar la lengua amazigh oficialmente, con el objetivo de preservar nuestra identidad y cultura. Entre muchas movilizaciones, también hicimos un año de huelga en las escuelas.
Posteriormente fue reconocida como lengua nacional oficial. Actualmente, y a pesar de este reconocimiento, el amazigh, su uso, su pueblo y su cultura siguen siendo perseguidos y reprimidos, prohibiendo nuestra bandera en manifestaciones y encarcelando activistas.
Con los años, mi conciencia de pertenencia a un pueblo perseguido y despreciado, durante siglos cultural y políticamente, fue creciendo. Los amazighs, como pueblo libre, no aceptamos la injusticia, la agresión ni la corrupción.
Nos vimos obligados a salir cada viernes a las calles de todo el país durante dos años seguidos en manifestaciones pacíficas, reclamando un cambio de régimen y que las riquezas del país sirvieran al pueblo, y no al antiguo colonizador francés, que aún hoy continúa explotando nuestros recursos de una manera u otra.

Según datos de Naciones Unidas, después de la Independencia y hasta los años 80, la alfabetización de las mujeres en Argelia era solo del 25%. ¿Cómo es la educación actual del país? ¿Cuáles han sido los cambios tras la independencia?
Una vez conseguimos la independencia en 1962, el sistema educativo argelino ha vivido varias reformas y crisis; El objetivo de los distintos gobiernos ha sido eliminar completamente el francés de la escuela y construir un Estado árabe/musulmán.
Durante los años 90 sufrimos un enfrentamiento civil en el país con el colapso de la mayoría de estructuras estatales, todavía débiles. Miles de escuelas fueron destruidas o cerradas y muchos profesores asesinados y represaliados. Uno de los resultados de esa guerra fue un analfabetismo masivo y el abandono escolar, especialmente de mujeres y en las zonas rurales.
A principios de 2003-2004, el Gobierno puso en marcha una reforma que quería modernizar el sistema educativo y dar la vuelta a esta situación. Según cifras de la ONU, Argelia es uno de los países árabes que más ha avanzado en la escolarización femenina. Aun así, la mayoría de desigualdades persisten en las zonas rurales del sur. No es el caso de la Cabilia (amazigh), que aparece como una de las zonas con más alta alfabetización femenina del norte de África.

Durante tu militancia en Argelia, ¿crees que el hecho de ser mujer ha sido un factor diferencial?
Mi militancia no venía ni de casa ni de mi entorno en sentido político. Mi familia no estaba politizada; éramos una familia dedicada a la educación y siempre hemos participado en actividades sociales y culturales, donde las mujeres amazighs históricamente siempre hemos tenido un alto grado de participación.
Durante unos años, participé en una asociación de apoyo psicológico para los estudiantes de bachillerato, donde organizamos cursos voluntarios para ayudarles a superar el estrés durante todo el curso escolar y prepararlos psicológica y académicamente para poder afrontar el bachillerato.
En mi caso, ser mujer no influyó en la militancia, ya que no teníamos una participación política formal. Mi implicación estaba más vinculada a la educación y a las actividades culturales y sociales que considerábamos importantes.

¿Cuáles son las circunstancias que os hacen decidir salir del país?
De hecho, desde un punto de vista económico, podríamos vivir muy bien en nuestro país, pero la corrupción política y la represión hicieron que la vida fuera insoportable. Cuando cambiaban los gobernantes, surgían otros todavía peores.
En 2019, una fuerte ola de protestas hace caer al presidente Buteflika tras 20 años en el poder. Cuatro años después, el nuevo gobierno mantiene un régimen de represión similar al anterior, persiguiendo, silenciando y encarcelando cualquier voz crítica.
Es entonces cuando la idea de emigrar empieza a coger fuerza, día a día. Habíamos perdido la esperanza en el cambio, la esperanza en un futuro mejor para nuestros hijos. Decidimos emigrar atraídos por la imagen de Europa como tierra de humanidad, un lugar donde nadie es tratado injustamente, un lugar de libertad y sin corrupción.

Después de casi dos años viviendo en Europa, en Catalunya, ¿te has encontrado con aquella sociedad justa y solidaria que imaginabas?
La verdad es que no, no ha sido así. La situación de las personas que venimos a Europa huyendo de nuestros países es muy complicada: burocracia, esperas eternas, incomprensión no sólo lingüística, complejidad del sistema… Se puede tardar años en normalizar tu vida como ciudadana de pleno derecho, si es que lo consigues. Poder acceder a un trabajo digno con derechos laborales y condiciones justas, escolarizar a mis hijos, estudiar…
Pero la primera dificultad de vital importancia que enfrentamos al llegar a Catalunya fue no poder encontrar una vivienda; ahora tenemos un techo, aunque es provisional y con muchas carencias, pero ha sido muy complicado. Es una grave problemática en todo el país, y desde que milito en el Sindicato de Inquilinas, veo que es un problema real para muchas personas, aún regularizadas y autóctonas también.

¿Qué te llevó al Sindicato de Inquilinas? ¿Cómo es tu militancia en esta entidad?
Como decía, al llegar a Catalunya nos encontramos con el grave problema de la vivienda, del cual desconocíamos la magnitud.
Estuvimos aquí y allá durante un tiempo, con mucha incertidumbre, los niños… es duro. Sin permiso de residencia ni contrato de trabajo, nadie nos alquila una vivienda, y aún con ello, tampoco. Existe mucho racismo inmobiliario. Aunque había traído dinero suficiente para poder pagar un lugar durante un tiempo, era imposible.
Entonces, busqué cómo asesorarse y supe que existía un Sindicato de Inquilinas.
El Sindicato, naturalmente, no dispone de viviendas, pero me uní a ellas y milito porque comparto sus valores; Es una organización que lucha por el derecho a la vivienda para todas, un derecho humano básico. Además de participar en sus actividades y decisiones, estoy muy contenta de poder aplicar mis conocimientos y experiencia profesional, ofrecer apoyo psicológico y moral a las familias con niños que sufren fuertes presiones a causa de la crisis de la vivienda, y que viven amenazadas por desahucios. Además de haber encontrado apoyo, amistades y solidaridad.
Ciertamente, Europa no ha sido el paraíso que imaginaba: el país de la libertad y de la dignidad humana; la realidad es otra. Todo está regido por leyes muy estrictas. Aun así, he encontrado apoyo en personas catalanas que nos han ayudado a cada paso. Nos han ayudado a encontrar trabajo dentro de sus familias y entre sus amistades. Esta también fue una razón importante para unirme al Sindicato de Inquilinas, más allá de mi problemática particular, tengo muy claro que el trabajo colectivo siempre da fruto frente a las prácticas abusivas del capitalismo.