
Montse G. Sosa, comunicadora
Foto: Sindicat de Llogateres
Según el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU- Habitat): “La vivienda constituye la base de la estabilidad y la seguridad de las personas y las familias. Es el centro de nuestra vida social, emocional y a veces económica y debería ser un santuario donde vivir en paz, con seguridad y dignidad”.
Los derechos de las mujeres a la tierra, la propiedad y la vivienda, son esenciales para la erradicación real de las desigualdades. La falta de vivienda segura, se suma a la cadena de desigualdades que afecta de forma especialmente dura, a las mujeres de clase trabajadora. Alrededor del 35% de los hogares que tienen como sustentadora principal a la mujer acaba bajo el umbral de la pobreza una vez pagados los gastos de la vivienda.
A menudo escuchamos teorías sobre el origen de la llamada “crisis de la vivienda»: falta de suelo donde construir; la constante y creciente urbanización mundial; la burocracia lenta e imposible ante nuevos proyectos urbanísticos; falta de inversión en infraestructura y servicios… y se pasa por alto la causa fundamental: el rentismo inmobiliario perpetrado por los llamados Fondos Buitre.
El rentismo inmobiliario es la forma de obtención de ingresos constante y creciente mediante el alquiler o la revalorización de propiedades (viviendas, terrenos, locales), sin un trabajo productivo detrás. No se genera riqueza mediante producción o servicios, el objetivo de esta actividad, es la acumulación de riqueza simplemente por poseer suelo o vivienda: es el capitalismo inmobiliario.
Esta actividad, muy bien orquestada y con las leyes de los estados a favor, tiene todo el poder para seguir asfixiándonos a las inquilinas e inquilinos, subiendo los alquileres a precios imposibles.
Las mujeres globalmente contamos con ingresos más bajos, empleos más precarios y responsabilidad en el cuidado de personas dependientes o de difícil conciliación. Esto hace imposible asumir subidas de alquiler o hipoteca, y somos expulsadas de nuestras casas, barrios y ciudades. Después de un lavado de cara, estos barrios se revalorizan atrayendo inversión privada y alquileres turísticos para personas con altos ingresos, forzando el desplazamiento de sus habitantes originales: la gentrificación.
Con la expulsión de nuestros barrios se rompen nuestros lazos con la comunidad, nuestras redes de apoyo, nuestra tribu. Esa red invisible es esencial para el sostenimiento de los afectos y de nuestra vida cotidiana.
El sinhogarismo femenino está íntimamente vinculado a la opresión estructural patriarcal: la violencia de género, la discriminación legal, racismo étnico y la explotación migrante.
En el estado español, las mujeres sin hogar representan un 23 % (cifras oficiales), la mayoría concentradas en grandes ciudades. El 75 % de estas mujeres, han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Y el 61 % han sido víctimas de algún tipo de agresión viviendo en la calle. Muchas se ven obligadas a aceptar relaciones sexuales no deseadas, para tener un lugar donde protegerse.
En Europa, la situación no es mejor; el porcentaje de mujeres sin hogar está entre un 25 – 30 %, de las cuales entre el 64-75 %, han sufrido algún tipo de violencia estando en la calle.
Todos los datos, tanto en el estado español como en el resto de Europa, muestran una estrecha relación entre la violencia machista y las mujeres sin hogar. Mujeres que huyen de sus hogares por sufrir violencia machista, y mujeres que sufren violencias viviendo en la calle, además de la violencia institucional por la desprotección y falta de recursos suficientes como albergues con perspectiva de género.
En los últimos años asistimos a un creciente aumento a nivel global de organizaciones que luchan por la vivienda digna y contra los desahucios: Sindicat de Llogateres de Catalunya, Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid, Valencia, Málaga y otras localidades del estado, siendo las mujeres el 80 % de las participantes en sus asambleas y piquetes.
El feminismo junto a la lucha de las comunidades parece ser la respuesta y la resistencia, ya que el 80% de las personas que participan en las asambleas de lucha por la vivienda son mujeres.
El cuco es un ave que parasita los nidos de otras especies depositando su huevo en el nido de un huésped. Cuando nace su cría, esta puede echar al resto de polluelos originales o comérselos. Tiene un fondo parecido al buitre.